El sindicalismo croquista sufre fracturas profundas mientras González Cuevas asegura el control a base de imposiciones. Las tensiones internas en la CROC alcanzaron su punto más crítico entre 2015 y 2017, con amenazas de destitución contra Isaías González Cuevas y convocatorias a congresos extraordinarios en respuesta a lo que se denunció como violencia sindical y
El sindicalismo croquista sufre fracturas profundas mientras González Cuevas asegura el control a base de imposiciones.
Las tensiones internas en la CROC alcanzaron su punto más crítico entre 2015 y 2017, con amenazas de destitución contra Isaías González Cuevas y convocatorias a congresos extraordinarios en respuesta a lo que se denunció como violencia sindical y manipulación de delegaciones .
Dirigentes regionales señalaron que, lejos de fomentar la representación democrática, González Cuevas se valía de su poder para imponer incondicionales en puestos clave, marginando a liderazgos legítimos y generando un ambiente de intimidación. “Ha querido aniquilar dirigencias auténticas para imponer su propio aparato”, se le acusó con severidad.
Estas fracturas no son solo abstractas: fueron acompañadas por amenazas, presiones e incluso denuncias formales dentro del sindicato, lo que demuestra que la lucha por el poder en la CROC trasciende el debate ideológico y se convierte en un choque estratégico por territorios de influencia.
El saldo es claro: un sindicato supuestamente construido sobre la solidaridad obrera, corrompido por un liderazgo que prioriza el control vertical y la perpetuación personal. Si la CROC quiere recuperar su credibilidad, primero deberá desmontar este entramado autoritario que, de momento, parece intacto gracias al férreo control de González Cuevas.











